Image Credit: Sornram Srithong / Pixabay.

Un ensayo aleatorizado y con grupo de control sobre la alimentación y el autismo

La traducción de este texto viene de la mano de nuestra voluntaria Rosana Battagliotti. 

¿Cuáles fueron los resultados del primer estudio controlado aleatorizado de una intervención nutricional para el Trastorno del espectro autista (TEA)?

Al inicio de mi video Las dietas libres de gluten y de caseína para el autismo puestas a prueba, hablo sobre el autismo y la llamada “Teoría del exceso de opiáceos” que postula que, al ingerir ciertas proteínas del trigo y de la leche, se producen fragmentos de proteína similares a la morfina, que pasan al torrente sanguíneo, llegan al cerebro y provocan daños neurológicos que se pueden manifestar como autismo. La teoría nació cuando se encontraron péptidos opiáceos en la orina de niños con autismo, pero no en la orina de niños con desarrollo normal, como puedes ver en el minuto 0:27 de mi video. Sin embargo, diez años más tarde, en un ensayo más específico, no se logró encontrar péptidos opiáceos en la orina de los niños con autismo. Como se ve en el minuto 0:41 de mi video, el análisis espectral de la orina de niños autistas era prácticamente idéntico al de los niños sin autismo, por lo que la teoría se puso en tela de juicio… hasta que se desarrolló una prueba aún más sensible.

“Las concentraciones elevadas de casomorfinas circulantes —los péptidos opioides exógenos de la caseína de la leche [bovina]— podrían contribuir a la patogénesis [desarrollo] del autismo en niños. El cuestionamiento se debió a que varios estudios de espectrometría de masas no pudieron detectar casomorfinas en niños autistas”. Pero, finalmente, los investigadores pudieron demostrar que los niños con autismo sí presentan niveles mucho más altos de casomorfina bovina en la orina que los niños sin autismo, como puedes ver en el minuto 1:15 de mi video. Es más, “había una correlación entre la gravedad de los síntomas de autismo y las concentraciones de CM-7 [casomorfinas] en la orina”. Cuantas más casomorfinas tenían en el cuerpo, más graves eran los síntomas. Los investigadores explicaron: “Como las CM [casomorfinas] interactúan con los receptores de opioides y serotonina, que son los moduladores de la sinaptogénesis” —la creación de las conexiones entre neuronas en el cerebro—, “postulamos que la exposición crónica a niveles elevados de casomorfinas bovinas podría afectar el desarrollo temprano en niños, lo que prepara el terreno para los trastornos autistas”. 

Si el aumento en la exposición a los opioides de la casomorfina proveniente de la leche de vaca se correlaciona con un aumento en la gravedad de los síntomas de autismo, como puedes ver en el minuto 2:03 de mi video, ¿por qué no darles a los niños medicamentos que bloqueen el efecto de los opioides? Esa es la mentalidad médica. En lugar de eso, ¿por qué no tratar la causa con una intervención nutricional? No solo para ver si realmente es esa la causa, sino, en caso de que lo fuera, para ver si podemos ayudar a estos niños.

Primero, hubo informes de casos, como uno en el que, extraordinariamente, “en dos años, una niña de siete años con comportamiento autista que se benefició de tener una dieta sin gluten ni caseína (…) pasó de estar extremadamente retraída a ser una niña que se comunica de manera normal y que disfruta de la compañía de otras personas”. Es más, sus tremendas mejoras se correlacionaban con un descenso en los niveles de péptidos en la orina después de uno y dos años, como puedes ver en el minuto 2:54 de mi video. 

¿Podía ser que este caso fuera solo una casualidad? Algunos médicos publicaron resultados espectaculares que afirmaban que el 80 por ciento de sus pacientes infantiles con autismo habían mejorado después de tres meses con una dieta sin gluten ni caseína. El simple hecho de eliminar la caseína (la proteína de la leche de vaca) conducía a “una mejora importante en los síntomas conductuales…”. Sin embargo, ninguno de estos estudios tenía un grupo de control. Recién en 2002 se publicó el primer estudio aleatorizado y con grupo de control de una intervención nutricional sobre trastornos del espectro autista. En el estudio, participaron veinte niños con autismo y a la mitad, elegida de manera aleatoria, se les dio una dieta sin gluten ni caseína por un año. Les hicieron pruebas antes y después. ¿Cómo les fue a los que siguieron esa dieta? “El desarrollo de los niños en el grupo que siguió la dieta fue mucho mejor que el de los niños en el grupo de control”. Está bien, pero ¿en qué mejoraron? 

En el minuto 3:51 de mi video, puedes ver los valores de “resistencia a comunicarse e interactuar” de los 20 niños que participaron en el estudio antes y después de la etapa experimental de un año. En el grupo de control, dos niños mejoraron, dos empeoraron y el resto permaneció igual que al comienzo del estudio. Sin embargo, en el grupo que siguió la dieta, todos los niños mejoraron. También se midieron los niveles de “aislamiento social”. En el grupo de control, la mitad mejoró, mientras que la otra mitad empeoró o siguió igual. Pero, una vez más, en el grupo de la intervención nutricional, todos mejoraron. En general, en lo que respecta a “valores totales de deficiencia para las variables de aislamiento social y comportamiento extraño”, en el grupo de control, la mitad mejoró y la mitad empeoró, pero en el grupo que siguió la dieta todos mejoraron. 

¿Cómo se traducen todas estas cifras a la vida cotidiana? “Al principio, todos los participantes exhibían una característica muy común en los trastornos del espectro autista: la falta de relaciones sociales”. Algunos ignoraban a los demás niños, mientras que otros intentaban entablar conversación, pero no sabían cómo interactuar. Algunos tenían berrinches anormales. Algunos tenían expresiones emocionales extrañas y paradójicas, como reírse cuando otra gente lloraba…”. Además, en algunos niños se observaron niveles de ansiedad extremos en respuesta a situaciones comunes. “Estas emociones inusuales se redujeron drásticamente en el grupo que seguía la dieta, pero no en el grupo de control. La incapacidad para ver la perspectiva de otras personas y la falta de empatía también son características comunes en los trastornos del espectro autista. A veces, algunos de los niños, de repente, les pegaban a los demás, los mordían o hacían comentarios negativos. En el grupo que hizo la dieta, hubo mejoras en el desarrollo de la empatía, pero eso no sucedió en el grupo de control. A algunos niños no les gustaba el contacto físico y lo rechazaban, incluso si era con sus padres. Después del período experimental [de un año], eso dejó de ser un problema en el grupo que siguió la dieta. Mientras que, en el grupo de control, ninguno de los cambios fue significativo, en el grupo que siguió la dieta se registraron cambios importantes [positivos] en cuanto a la relación con los padres, ansiedad, empatía y contacto físico”.


Este artículo habla del primer tercer en mi serie sobre el efecto del gluten y los lácteos en el tratamiento del autismo. No te pierdas el resto:

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Un saludo,

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Michael Greger M.D., FACLM

Michael Greger, M.D. FACLM, is a physician, New York Times bestselling author, and internationally recognized professional speaker on a number of important public health issues. Dr. Greger has lectured at the Conference on World Affairs, the National Institutes of Health, and the International Bird Flu Summit, testified before Congress, appeared on The Dr. Oz Show and The Colbert Report, and was invited as an expert witness in defense of Oprah Winfrey at the infamous "meat defamation" trial.


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