Distanciamiento físico, confinamiento y pruebas: cómo frenar la epidemia de COVID-19

Distanciamiento físico, confinamiento y pruebas: cómo frenar la epidemia de COVID-19
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¿Qué podemos aprender de otros países y de la pandemia de 1918 para frenar la COVID-19?

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A continuación una aproximación al contenido del audio de este video. Para ver los gráficos, tablas, imágenes o citas a los que Dr. Greger se refiere, ve el video más arriba. La traducción y edición de este contenido ha sido realizada por Inmaculada Neira voluntaria activa en NutritionFacts.org.

He hablado sobre el origen del coronavirus COVID-19 y de cómo podríamos evitar en un futuro este tipo de saltos desde animales, pero ahora que la transmisión se produce entre seres humanos, ¿qué podemos hacer al respecto?

Tomar medidas de distanciamiento social. Eso es lo que cada uno de nosotros puede hacer. Aislar bajo cuarentena las ciudades, mantener cerrados los negocios no esenciales, cancelar las reuniones entre personas y animar a que la gente se confine en casa son estrategias tradicionales para promover la salud pública dirigidas a romper cualquier cadena de transmisión posible.

Se condenó a China por su reacción anticipada, críticas reprobables y la negación del alcance de la crisis (a la que se refería como “evitable y controlable”), similar a la de otros líderes mundiales, pero con el tiempo se elogió al país justo por ese mismo enfoque autoritario a la hora de decretar con éxito medidas de cuarentena extremas. Un alto cargo de la OMS alabó el esfuerzo de China y lo definió como “probablemente el esfuerzo de contención de la enfermedad más ambicioso, y, me atrevería a decir, dinámico y enérgico de la historia”.

Sin embargo, fue tardío e insuficiente para contener la enfermedad a nivel local. Para cuando las autoridades prohibieron los desplazamientos fuera de Wuhan, más de un tercio de los catorce millones de residentes ya había abandonado la región, para celebrar el Año Nuevo chino o con el fin de escapar antes de que el cierre de la ciudad entrara en vigor el 23 de enero. Podría ser discutible que si los funcionarios locales no hubieran desperdiciado semanas silenciando a los denunciantes y difundiendo informes falsos, el mundo se podría haber librado de esta pandemia, pero puede que las drásticas acciones que China emprendió a continuación nos hayan permitido, de hecho, ganar tiempo a los demás.

Al decretar las llamadas medidas de control en tiempo de guerra, China puso en marcha el mayor esfuerzo de contención comunitaria de la historia, que afectó a unas setecientas cincuenta millones de personas. Las fronteras se cerraron, las ciudades se blindaron y la gente se confinó en sus hogares. A diferencia de los llamados “encierros” que otros países comenzaron a implementar, EE. UU. todavía permitía que la gente se lanzara libremente a la calle siempre que respetara cierta distancia interpersonal; en cambio, la movilidad de los ciudadanos estaba totalmente restringida en China mediante autorizaciones que solo les permitían salir de su casa cada dos días durante un máximo de treinta minutos para llevar a cabo actividades esenciales. Pese a que los defensores de los derechos humanos criticaron esta política, funcionó. Inmediatamente empezó a producirse una desaceleración de la epidemia.

Las autoridades chinas lograron lo que muchos expertos en salud pública nunca creyeron que fuera posible: la contención de la transmisión de una infección respiratoria de amplia circulación. En un plazo de dos meses, la provincia de Hubei, zona cero en la que la enfermedad surgió por primera vez, comunicó su primer día sin nuevos casos locales. “No me cansaré de elogiar a China una y otra vez”, afirmó el director general de la Organización Mundial de la Salud, “porque sus acciones realmente ayudan a reducir la propagación del nuevo coronavirus a otros países”. “En muchos sentidos, China está estableciendo, en realidad, una nueva pauta para reaccionar ante cualquier brote”.

Justo el día en el que la provincia de Hubei no comunicó ningún caso nuevo, el mundo confirmaba su número 200.000. ¿Estaría el resto del mundo dispuesto a imponer normas que un experto en política en materia de salud mundial calificara de “asombrosas, sin precedentes y anticuadas”? La autoridad de orden y control del gobierno chino les permitió aplicar una estrategia de contención con un uso intensivo de recursos que implicaba costes relativos a la comercialización, los desplazamientos y la libertad que muchos dudaban que una democracia pudiera soportar. Afortunadamente, la eficacia de las estrategias en países como Corea del Sur demostró que tales medidas draconianas pueden no ser necesarias.

Todas las naciones que pudieron controlar la enfermedad se basaron rápidamente en un principio de pruebas y rastreo. En otras palabras, identificar todos los casos a través de pruebas masivas, y, a continuación, realizar un seguimiento de cada posible contacto que tuvo cada paciente para romper tantas cadenas de transmisión como fuera posible a través del aislamiento y la cuarentena. Corea del Sur autorizó una prueba la primera semana de febrero y con suficientes análisis fue capaz de mantener la enfermedad bajo control a finales de mes. Con estas pruebas colectivas y bien organizadas, los países como Corea del Sur pudieron controlar la epidemia sin tener que recurrir al aislamiento de su población. La Organización Mundial de la Salud tomó nota. “Tenemos un simple mensaje para todos los países”, declaró el director general, “pruebas, pruebas y más pruebas”.

Estados Unidos no pareció captar el mensaje a tiempo. A mediados de marzo, Corea del Sur ya había realizado pruebas a más de doscientos cincuenta mil ciudadanos coreanos, más de cinco mil por cada millón, en comparación con menos de un centenar por millón en Estados Unidos. Limitada por la burocracia de la FDA y una serie de errores garrafales, la suficiencia para llevar a cabo las pruebas de EE. UU. no se materializó antes de que se cerrara la ventana de contención. Resulta humillante caer en la cuenta de que tanto EE. UU. como Corea del Sur registraron sus primeros casos el mismo día, sin embargo, las epidemias resultantes tomaron rumbos muy diferentes.

Una vez que la contención no funciona, la estrategia pasa a la supresión y la mitigación. Si uno no sabe quién está infectado, todo lo que puede hacer es tratar de evitar que las personas entren en contacto entre sí. En abril, se les pidió a la mayoría de los estadounidenses que se quedaran en casa para tratar de frenar los contagios. Como dijo el Dr. Fauci en una conferencia de prensa, “si la sensación es de que se están tomando medidas exageradas, probablemente se esté haciendo lo correcto”.

Cerrar los negocios no esenciales y animar a que las personas se queden en casa para limitar los contactos sociales son medidas adoptadas en un intento de “aplanar la curva” antes de que ella lo haga con nosotros. Aplanar la curva de la epidemia, es decir, ralentizar la propagación de la enfermedad para distribuir más uniformemente los casos a lo largo del tiempo. Esto daría tiempo para que los sistemas de salud ampliaran sus recursos y reaccionaran eficazmente, no solo ante la COVID-19, sino a fin de mantener la continuidad de la atención general. Por ejemplo, durante la reciente crisis del ébola en África occidental también aumentaron las muertes por otras causas debido a la saturación del sistema de atención sanitaria (así como el fallecimiento de los profesionales de la salud).

El cierre de los colegios genera más controversia, ya que podría amenazar la disponibilidad del 29% de los proveedores de atención sanitaria que viven en el país en hogares en los que se precisa el cuidado de niños pequeños. Un modelo ha sugerido que el cierre de estos centros tendría que conllevar una reducción de los casos de COVID-19 de más de un 25% para compensar la pérdida de trabajadores en el área de la salud en términos de una disminución neta general de la mortalidad por COVID-19. Se puede lograr un descenso del 25% en el caso de la gripe pandémica, una enfermedad en la que los niños pueden desempeñar un papel fundamental en la transmisión comunitaria, aunque este grupo no parece ser el principal motor de transmisión de la COVID-19.

Hasta que una vacuna eficaz no esté ampliamente disponible, lo que probablemente no ocurrirá antes de 2021, en el mejor de los casos, las reclusiones de la población pueden contribuir a que se arrebaten al virus sus huéspedes susceptibles. Sin embargo, una vez que estas medidas se relajen, la enfermedad podría volver pisando fuerte. En la pandemia de 1918, por ejemplo, algunas ciudades de EE. UU. experimentaron un segundo pico de mortalidad tras el levantamiento de las medidas de distanciamiento social. Echemos un vistazo a lo que sucedió en San Luis… Tan pronto como se detectó que se doblaban los valores normales de mortalidad, se decretó el cierre de las escuelas y la prohibición de las reuniones públicas. Se puede observar que al conseguir doblegar la curva con éxito, se decidió que era el momento de relajar el distanciamiento social, lo que supuso un gran pico de los nuevos casos y, por tanto, precisó la reinstitución de las medidas de confinamiento.

Pero lo importante es que implantaron el distanciamiento social con antelación, a los pocos días de detectar el primer caso. Comparemos esta reacción con la de Filadelfia. El cierre de la ciudad les llevó semanas, de modo que sufrieron las consecuencias. Aquí tenemos un gráfico que muestra esa tasa de mortalidad con dos picos en San Luis, en comparación con lo que vivieron en Filadelfia. Y aquí están las fosas comunes que se tuvieron que cavar en la ciudad del amor fraternal. Es preferible estar a dos metros de distancia que a dos metros bajo tierra.

Al frenar periódicamente los contagios con estrategias de aplanamiento de la curva, tales como las disposiciones sobre el propio refugio en el lugar donde uno reside, para disminuir la transmisión comunitaria, la esperanza está puesta en que se pueda convertir la marea inicial de casos en una serie de olas sucesivas más pequeñas que la capacidad de atención médica pueda hacer frente con mayor seguridad. De lo contrario, las unidades de cuidados intensivos de los hospitales de EE. UU. podrían verse desbordadas, como sucedió en Italia, y los médicos tendrían que tomar decisiones en la fase de triaje para determinar quién vive y quién no.

Los protocolos de triaje ya se han publicado. Los primeros en la cola de los ventiladores son aquellos que tienen más probabilidades de sobrevivir tanto a corto plazo como durante el siguiente año. Luego, la prioridad se concede a los niños y a los adultos menores de cincuenta años. Aquellos entre los 50 y los 69 ocupan el siguiente nivel, seguido de aquellos cuya edad esté comprendida entre los 70 y 84 años, y, finalmente, la menor prioridad se otorga a los pacientes de 85 años y mayores. En igualdad de circunstancias, la ventilación salvavidas se puede asignar en función de un sistema parecido a la lotería, como el lanzamiento de una moneda.

En la New England Journal of Medicine, un grupo preeminente de expertos en ética médica escribió lo siguiente: “creemos que quitarle a un paciente un respirador o una cama en la UCI para proporcionárselo a otros que lo necesiten también es justificable y se debe informar a los pacientes de esta posibilidad tras su ingreso en el hospital”, a lo que añadió que “la decisión de retirar un recurso tan escaso para salvar a otros no es un homicidio y no requiere el consentimiento del paciente”. Vaya, ¿te imaginas? Para aliviar a los médicos de primera línea, sugieren el nombramiento de “funcionarios de triaje” para llevar a cabo la toma de decisiones.

Los países que pudieron movilizarse más rápidamente y que mejor han podido controlar la COVID-19 fueron los que aprendieron las duras lecciones de los brotes anteriores. China, Hong Kong, Singapur y Taiwán viven bajo el recuerdo del SARS. Más recientemente, Corea del Sur sufrió un brote de MERS en 2015 desencadenado por un empresario que regresó de Oriente Medio.

Por lo tanto, las infraestructuras de prueba y rastreo del país se pusieron en funcionamiento y su población estaba lista para sacrificarse ante una promesa de contención. Si los brotes que provocan docenas o incluso cientos de muertes pueden hacer que los países concentren sus fuerzas para prepararse ante una pandemia, tal vez los miles, o incluso millones, de muertes por COVID-19 les conduzcan hacia la misión de evitarla. Pero, antes de nada, ¿qué puede hacer cada uno de nosotros a nivel individual para sobrellevar la pandemia actual? De eso me ocuparé a continuación.

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Gráficos de AvoMedia

Créditos de la imagen: JamesAlan1986 vía Wikipedia. La imagen ha sido modificada.

A continuación una aproximación al contenido del audio de este video. Para ver los gráficos, tablas, imágenes o citas a los que Dr. Greger se refiere, ve el video más arriba. La traducción y edición de este contenido ha sido realizada por Inmaculada Neira voluntaria activa en NutritionFacts.org.

He hablado sobre el origen del coronavirus COVID-19 y de cómo podríamos evitar en un futuro este tipo de saltos desde animales, pero ahora que la transmisión se produce entre seres humanos, ¿qué podemos hacer al respecto?

Tomar medidas de distanciamiento social. Eso es lo que cada uno de nosotros puede hacer. Aislar bajo cuarentena las ciudades, mantener cerrados los negocios no esenciales, cancelar las reuniones entre personas y animar a que la gente se confine en casa son estrategias tradicionales para promover la salud pública dirigidas a romper cualquier cadena de transmisión posible.

Se condenó a China por su reacción anticipada, críticas reprobables y la negación del alcance de la crisis (a la que se refería como “evitable y controlable”), similar a la de otros líderes mundiales, pero con el tiempo se elogió al país justo por ese mismo enfoque autoritario a la hora de decretar con éxito medidas de cuarentena extremas. Un alto cargo de la OMS alabó el esfuerzo de China y lo definió como “probablemente el esfuerzo de contención de la enfermedad más ambicioso, y, me atrevería a decir, dinámico y enérgico de la historia”.

Sin embargo, fue tardío e insuficiente para contener la enfermedad a nivel local. Para cuando las autoridades prohibieron los desplazamientos fuera de Wuhan, más de un tercio de los catorce millones de residentes ya había abandonado la región, para celebrar el Año Nuevo chino o con el fin de escapar antes de que el cierre de la ciudad entrara en vigor el 23 de enero. Podría ser discutible que si los funcionarios locales no hubieran desperdiciado semanas silenciando a los denunciantes y difundiendo informes falsos, el mundo se podría haber librado de esta pandemia, pero puede que las drásticas acciones que China emprendió a continuación nos hayan permitido, de hecho, ganar tiempo a los demás.

Al decretar las llamadas medidas de control en tiempo de guerra, China puso en marcha el mayor esfuerzo de contención comunitaria de la historia, que afectó a unas setecientas cincuenta millones de personas. Las fronteras se cerraron, las ciudades se blindaron y la gente se confinó en sus hogares. A diferencia de los llamados “encierros” que otros países comenzaron a implementar, EE. UU. todavía permitía que la gente se lanzara libremente a la calle siempre que respetara cierta distancia interpersonal; en cambio, la movilidad de los ciudadanos estaba totalmente restringida en China mediante autorizaciones que solo les permitían salir de su casa cada dos días durante un máximo de treinta minutos para llevar a cabo actividades esenciales. Pese a que los defensores de los derechos humanos criticaron esta política, funcionó. Inmediatamente empezó a producirse una desaceleración de la epidemia.

Las autoridades chinas lograron lo que muchos expertos en salud pública nunca creyeron que fuera posible: la contención de la transmisión de una infección respiratoria de amplia circulación. En un plazo de dos meses, la provincia de Hubei, zona cero en la que la enfermedad surgió por primera vez, comunicó su primer día sin nuevos casos locales. “No me cansaré de elogiar a China una y otra vez”, afirmó el director general de la Organización Mundial de la Salud, “porque sus acciones realmente ayudan a reducir la propagación del nuevo coronavirus a otros países”. “En muchos sentidos, China está estableciendo, en realidad, una nueva pauta para reaccionar ante cualquier brote”.

Justo el día en el que la provincia de Hubei no comunicó ningún caso nuevo, el mundo confirmaba su número 200.000. ¿Estaría el resto del mundo dispuesto a imponer normas que un experto en política en materia de salud mundial calificara de “asombrosas, sin precedentes y anticuadas”? La autoridad de orden y control del gobierno chino les permitió aplicar una estrategia de contención con un uso intensivo de recursos que implicaba costes relativos a la comercialización, los desplazamientos y la libertad que muchos dudaban que una democracia pudiera soportar. Afortunadamente, la eficacia de las estrategias en países como Corea del Sur demostró que tales medidas draconianas pueden no ser necesarias.

Todas las naciones que pudieron controlar la enfermedad se basaron rápidamente en un principio de pruebas y rastreo. En otras palabras, identificar todos los casos a través de pruebas masivas, y, a continuación, realizar un seguimiento de cada posible contacto que tuvo cada paciente para romper tantas cadenas de transmisión como fuera posible a través del aislamiento y la cuarentena. Corea del Sur autorizó una prueba la primera semana de febrero y con suficientes análisis fue capaz de mantener la enfermedad bajo control a finales de mes. Con estas pruebas colectivas y bien organizadas, los países como Corea del Sur pudieron controlar la epidemia sin tener que recurrir al aislamiento de su población. La Organización Mundial de la Salud tomó nota. “Tenemos un simple mensaje para todos los países”, declaró el director general, “pruebas, pruebas y más pruebas”.

Estados Unidos no pareció captar el mensaje a tiempo. A mediados de marzo, Corea del Sur ya había realizado pruebas a más de doscientos cincuenta mil ciudadanos coreanos, más de cinco mil por cada millón, en comparación con menos de un centenar por millón en Estados Unidos. Limitada por la burocracia de la FDA y una serie de errores garrafales, la suficiencia para llevar a cabo las pruebas de EE. UU. no se materializó antes de que se cerrara la ventana de contención. Resulta humillante caer en la cuenta de que tanto EE. UU. como Corea del Sur registraron sus primeros casos el mismo día, sin embargo, las epidemias resultantes tomaron rumbos muy diferentes.

Una vez que la contención no funciona, la estrategia pasa a la supresión y la mitigación. Si uno no sabe quién está infectado, todo lo que puede hacer es tratar de evitar que las personas entren en contacto entre sí. En abril, se les pidió a la mayoría de los estadounidenses que se quedaran en casa para tratar de frenar los contagios. Como dijo el Dr. Fauci en una conferencia de prensa, “si la sensación es de que se están tomando medidas exageradas, probablemente se esté haciendo lo correcto”.

Cerrar los negocios no esenciales y animar a que las personas se queden en casa para limitar los contactos sociales son medidas adoptadas en un intento de “aplanar la curva” antes de que ella lo haga con nosotros. Aplanar la curva de la epidemia, es decir, ralentizar la propagación de la enfermedad para distribuir más uniformemente los casos a lo largo del tiempo. Esto daría tiempo para que los sistemas de salud ampliaran sus recursos y reaccionaran eficazmente, no solo ante la COVID-19, sino a fin de mantener la continuidad de la atención general. Por ejemplo, durante la reciente crisis del ébola en África occidental también aumentaron las muertes por otras causas debido a la saturación del sistema de atención sanitaria (así como el fallecimiento de los profesionales de la salud).

El cierre de los colegios genera más controversia, ya que podría amenazar la disponibilidad del 29% de los proveedores de atención sanitaria que viven en el país en hogares en los que se precisa el cuidado de niños pequeños. Un modelo ha sugerido que el cierre de estos centros tendría que conllevar una reducción de los casos de COVID-19 de más de un 25% para compensar la pérdida de trabajadores en el área de la salud en términos de una disminución neta general de la mortalidad por COVID-19. Se puede lograr un descenso del 25% en el caso de la gripe pandémica, una enfermedad en la que los niños pueden desempeñar un papel fundamental en la transmisión comunitaria, aunque este grupo no parece ser el principal motor de transmisión de la COVID-19.

Hasta que una vacuna eficaz no esté ampliamente disponible, lo que probablemente no ocurrirá antes de 2021, en el mejor de los casos, las reclusiones de la población pueden contribuir a que se arrebaten al virus sus huéspedes susceptibles. Sin embargo, una vez que estas medidas se relajen, la enfermedad podría volver pisando fuerte. En la pandemia de 1918, por ejemplo, algunas ciudades de EE. UU. experimentaron un segundo pico de mortalidad tras el levantamiento de las medidas de distanciamiento social. Echemos un vistazo a lo que sucedió en San Luis… Tan pronto como se detectó que se doblaban los valores normales de mortalidad, se decretó el cierre de las escuelas y la prohibición de las reuniones públicas. Se puede observar que al conseguir doblegar la curva con éxito, se decidió que era el momento de relajar el distanciamiento social, lo que supuso un gran pico de los nuevos casos y, por tanto, precisó la reinstitución de las medidas de confinamiento.

Pero lo importante es que implantaron el distanciamiento social con antelación, a los pocos días de detectar el primer caso. Comparemos esta reacción con la de Filadelfia. El cierre de la ciudad les llevó semanas, de modo que sufrieron las consecuencias. Aquí tenemos un gráfico que muestra esa tasa de mortalidad con dos picos en San Luis, en comparación con lo que vivieron en Filadelfia. Y aquí están las fosas comunes que se tuvieron que cavar en la ciudad del amor fraternal. Es preferible estar a dos metros de distancia que a dos metros bajo tierra.

Al frenar periódicamente los contagios con estrategias de aplanamiento de la curva, tales como las disposiciones sobre el propio refugio en el lugar donde uno reside, para disminuir la transmisión comunitaria, la esperanza está puesta en que se pueda convertir la marea inicial de casos en una serie de olas sucesivas más pequeñas que la capacidad de atención médica pueda hacer frente con mayor seguridad. De lo contrario, las unidades de cuidados intensivos de los hospitales de EE. UU. podrían verse desbordadas, como sucedió en Italia, y los médicos tendrían que tomar decisiones en la fase de triaje para determinar quién vive y quién no.

Los protocolos de triaje ya se han publicado. Los primeros en la cola de los ventiladores son aquellos que tienen más probabilidades de sobrevivir tanto a corto plazo como durante el siguiente año. Luego, la prioridad se concede a los niños y a los adultos menores de cincuenta años. Aquellos entre los 50 y los 69 ocupan el siguiente nivel, seguido de aquellos cuya edad esté comprendida entre los 70 y 84 años, y, finalmente, la menor prioridad se otorga a los pacientes de 85 años y mayores. En igualdad de circunstancias, la ventilación salvavidas se puede asignar en función de un sistema parecido a la lotería, como el lanzamiento de una moneda.

En la New England Journal of Medicine, un grupo preeminente de expertos en ética médica escribió lo siguiente: “creemos que quitarle a un paciente un respirador o una cama en la UCI para proporcionárselo a otros que lo necesiten también es justificable y se debe informar a los pacientes de esta posibilidad tras su ingreso en el hospital”, a lo que añadió que “la decisión de retirar un recurso tan escaso para salvar a otros no es un homicidio y no requiere el consentimiento del paciente”. Vaya, ¿te imaginas? Para aliviar a los médicos de primera línea, sugieren el nombramiento de “funcionarios de triaje” para llevar a cabo la toma de decisiones.

Los países que pudieron movilizarse más rápidamente y que mejor han podido controlar la COVID-19 fueron los que aprendieron las duras lecciones de los brotes anteriores. China, Hong Kong, Singapur y Taiwán viven bajo el recuerdo del SARS. Más recientemente, Corea del Sur sufrió un brote de MERS en 2015 desencadenado por un empresario que regresó de Oriente Medio.

Por lo tanto, las infraestructuras de prueba y rastreo del país se pusieron en funcionamiento y su población estaba lista para sacrificarse ante una promesa de contención. Si los brotes que provocan docenas o incluso cientos de muertes pueden hacer que los países concentren sus fuerzas para prepararse ante una pandemia, tal vez los miles, o incluso millones, de muertes por COVID-19 les conduzcan hacia la misión de evitarla. Pero, antes de nada, ¿qué puede hacer cada uno de nosotros a nivel individual para sobrellevar la pandemia actual? De eso me ocuparé a continuación.

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Créditos de la imagen: JamesAlan1986 vía Wikipedia. La imagen ha sido modificada.

Nota del Doctor

Aquí te dejo una lista de mis videos previos de esta serie en caso de que te los hayas perdido:

A continuación veremos los síntomas e inmunidad:

Tengo la serie completa (en inglés) disponible para descargarla gratuitamente en DrGreger.org y puedes ahondar un poco más en mi nuevo libro (disponible solo en inglés) How to Survive a Pandemic, en caso de que no lo sepas, todas las ganancias de las ventas de este libro son donadas a instituciones para la prevención de pandemias.

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